Un estudio reciente publicado en Food Chemistry revela que no solo la composición química de la leche influye sobre el microbioma intestinal: su estructura física, especialmente el tamaño de los glóbulos de grasa, tiene un papel clave en cómo las bacterias interactúan con esos lípidos.
La profesora Nurit Argov-Argaman y su equipo analizaron leche cruda con distintos tamaños de glóbulos grasos y observaron que las versiones más pequeñas estimulaban comunidades microbianas diferentes a las versiones con glóbulos más grandes. La explicación no está en los compuestos químicos per se, sino en cómo los glóbulos estructurados promueven diferentes “zonas de contacto” entre las bacterias y los lípidos.
Este descubrimiento tiene implicancias interesantes para la industria láctea. Si la estructura de los glóbulos puede modular el microbioma, podría abrirse la vía para diseñar leches funcionales que favorezcan el crecimiento de bacterias beneficiosas, mejoren la digestión o incluso contribuyan a la salud intestinal más allá del aporte nutricional básico.
Además, esta línea de investigación conecta con otro hallazgo reciente: un estudio indica que el consumo de leche y queso favorece bacterias beneficiosas como Faecalibacterium y Akkermansia, mientras que disminuye algunas de las bacterias asociadas a procesos inflamatorios (como Bacteroides).
Hace tiempo que la leche dejó de ser solo “nutrientes en líquido blanco”. Hoy, su microarquitectura también puede jugar un rol biológico. Esta investigación sugiere que las estrategias de la industria láctea del futuro no se limitarán a “qué contiene”, sino también a “cómo está estructurado”.






