El arranque de 2026 dejó una señal que pocos en la industria láctea pueden darse el lujo de ignorar. El mercado internacional volvió a pagar mejor. Los valores de la leche en polvo superaron los USD 3.300 por tonelada, incluso en productos de menor rentabilidad histórica, marcando un cambio de tendencia que reordena expectativas, balances y estrategias.
Sin embargo, el mensaje que emerge de este nuevo escenario es más exigente que optimista: los precios suben, pero las barreras de acceso también. Y esa combinación redefine el negocio lácteo global desde tres planos inseparables: industrial, financiero y político.
Un mercado que mejora, pero no perdona
Durante años, los precios internacionales funcionaron como válvula de escape de problemas estructurales. Cuando los valores eran bajos, la narrativa dominante justificaba ineficiencias, retrasos regulatorios o déficits sanitarios. Hoy, con el mercado mostrando firmeza, esa coartada dejó de existir.
El último repunte del Global Dairy Trade no puede leerse solo como un rebote técnico. Refleja una demanda activa, una oferta más ajustada y una mayor disposición a asegurar volumen en un contexto de incertidumbre geopolítica. Pero también confirma algo más profundo: el comercio global de lácteos ya no tolera ambigüedades.
Mastellone y el mensaje que incomoda
En este contexto, la definición de Flavio Mastellone, referente histórico de la industria láctea argentina, actúa como una síntesis incómoda pero precisa del momento:
“Los precios más altos no cambian lo esencial. No existe demanda internacional para lácteos sin certificaciones sanitarias completas. Cumplir no es opcional: es el pasaporte a los mercados que generan valor.”
No es una declaración teórica ni ideológica. Es la visión de quien opera en mercados reales, compite, exporta y convive con regulaciones cada vez más estrictas.
El fin de los mercados ‘tolerantes’
Durante décadas, ciertos destinos regionales —con Brasil como ejemplo paradigmático— funcionaron como mercados de absorción para excedentes productivos. Menores exigencias sanitarias y cercanía geográfica permitieron sostener volúmenes incluso cuando la competitividad estructural era limitada.
Ese modelo se está agotando. Con la oferta creciendo en toda la región y los precios internacionales firmes, depender de un único mercado deja de ser una estrategia y pasa a ser un riesgo. El comercio global exige diversificación, previsibilidad y cumplimiento.
Mercosur: la discusión que ya no puede postergarse
La discusión sobre el Arancel Externo Común del Mercosur, que para lácteos alcanza el 28%, revela una tensión política de fondo. En un mundo donde el promedio arancelario es sensiblemente menor, la protección excesiva empieza a chocar con la necesidad de competitividad.
Reducir barreras implica más competencia, pero también obliga a una reconversión industrial profunda. La pregunta ya no es si conviene proteger, sino si el sector está dispuesto a adaptarse para jugar en la liga global.
Europa y Asia: dos caras de la misma exigencia
En la Unión Europea, la sanidad, la trazabilidad y las certificaciones no se discuten: son parte del costo de hacer negocios. El debate pasa por márgenes, eficiencia y gestión de excedentes.
Asia, por su parte, sigue siendo el principal motor de la demanda mundial. Pero es una demanda sofisticada, profesional y sin concesiones. Los importadores asiáticos pagan, y pagan bien, pero solo a quienes garantizan calidad, consistencia y seguridad sanitaria.
En ambos casos, el mensaje converge: el acceso al mercado es binario.
Industria, finanzas y política: una ecuación indivisible
Este nuevo escenario expone una verdad incómoda para muchos actores del sector. No alcanza con producir más ni con esperar que el precio compense falencias estructurales. El negocio lácteo global exige inversiones, disciplina financiera, alineamiento regulatorio y decisiones políticas coherentes.
Los precios altos ofrecen una oportunidad. Pero también funcionan como un test de madurez. Quienes no aprovechen este contexto para adecuarse a los estándares internacionales quedarán atrapados en mercados de bajo valor, justo cuando el mundo vuelve a demandar lácteos.
Conclusión: menos relato, más acceso
El mercado internacional está enviando una señal clara. Paga mejor, pero exige más. No negocia sanidad, no flexibiliza trazabilidad y no espera a los rezagados.
En esta nueva fase del comercio lácteo global, la competitividad no se mide solo en toneladas ni en precios, sino en credibilidad. Y esa credibilidad se construye con gestión, inversión y decisiones políticas que miren más allá del corto plazo.
El mundo está dispuesto a comprar.
La pregunta es quién está realmente en condiciones de venderle.
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