ESPMEXENGBRAIND

4 Abr 2025
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4 Abr 2025
La industria manufacturera local es un sector en extinción.
La menor oferta de lácteos provocó subas de precios y menor abastecimiento en las góndolas.

La nomenclatura arancelaria está dividida en 98 capítulos, que identifican a los bienes transables en el comercio internacional. El 01 corresponde a animales vivos, el 09 a café, té, yerba mate y especias, el 48 a papel, cartón y manufacturas, y así, hasta el 98, como un “otros”, para “disposiciones de tratamiento especial”.
De alguna manera, aunque no estrictamente, un mayor número identificador se asocia con mayor valor agregado y transformación. Los iniciales son productos agrícolas y mineros y los últimos, a partir del 72, tienen que ver con acero, metalmecánica, maquinaria, material de transporte e instrumentos de precisión.
Los países más pobres y menos desarrollados exportan los primeros e importan los segundos. Y, como en el caso de los “tigres asiáticos” del siglo XX, hay una muy alta correlación entre el incremento de las exportaciones de manufacturas, el mayor crecimiento económico y la reducción de la pobreza y de la desigualdad.
Los casos de Japón, Corea, Tailandia y Malasia, y ahora China y Vietnam, son los mejores casos de éxito. En Colombia no nos damos cuenta de esto y seguimos con la esperanza puesta en aguacate, aceite, banano, petróleo, carbón, café y otros bienes de bajo valor agregado, que otros países compran a precios bajos.
Y hay algunos que van desapareciendo por diferentes razones, como los tratados de libre comercio mal negociados o por simple falta de competitividad. Entre 2008 y 2012, por ejemplo, el capítulo 03 (pescados y crustáceos) produjo un superávit de US$326 millones. Desde 2013, este mismo sector ha tenido un déficit de US$660 millones.
El capítulo 04 (leche y productos lácteos) tuvo un superávit de US$107 millones entre 2008 y 2010. Y desde 2011 acumula un déficit de US$1.000 millones. Es poco espacio para describir lo que ha pasado a otros sectores que han sido desplazados por las importaciones, pero basta mencionar a la industria editorial, varios subsectores de los alimentos preparados y la industria textil y la de confecciones (capítulos 58 a 63), que produjeron superávit conjunto de US$2.052 millones entre 2008 y 2010, pero desde 2011 reflejan un déficit de US$2.985 millones, que crece cada año más.
En resumen, en 2008 había superávit en 32 de los capítulos y déficit en 65 de ellos, y el déficit comercial sumaba US$2.879 millones.
Cuando falta un trimestre por contabilizar de este fútil año, el déficit alcanza US$8.608 millones (nos salvó el cierre del comercio global, porque pudo ser el doble) y afecta a 81 capítulos. Sí, tenemos superávit en café, vacas, flores, bananos, café, azúcar, petróleo, carbón, oro y otras chucherías.
La industria manufacturera local es un sector en extinción. No hay una política industrial más allá de viejos instrumentos de reducción de impuestos y de contratos de estabilidad jurídica, que son desmontados ilegalmente por cualquier Trump criollo, como ocurrió en 2016.
Dentro de pocos años los historiadores económicos harán sesudos estudios de lo que se pudo haber hecho para evitar que convertirnos en el país más pobre del hemisferio.

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