La historia de Virginia Putignano condensa muchas de las tensiones actuales de la lechería argentina. Mientras en Buenos Aires trabaja como escribana para empresas y figuras públicas, en Lincoln sostiene una explotación lechera familiar donde conviven la presión por el precio de la leche, los costos crecientes y la decisión de seguir produciendo en una actividad clave para la economía regional.
Con 175 vacas en ordeñe y cerca de 200 animales en total, Virginia gestiona el tambo en un contexto que define sin rodeos como incierto. “El sector tambero siempre fue difícil. Entregás la leche sin saber el precio y recién al mes siguiente te dicen cuánto te van a pagar. Estás en inferioridad de condiciones”, explica, reflejando una problemática estructural que atraviesa a miles de productores en la Argentina.
Producción, cuidado animal y decisiones contracorriente
El tambo produce un promedio de 26 litros por vaca, con fuerte foco en el bienestar animal. Ventiladores, duchadores, control sanitario y manejo cuidadoso de las pasturas forman parte de una estrategia para mitigar el impacto del calor y el estrés en vacas Holando, más adaptadas al invierno que a las olas de calor cada vez más frecuentes.
A contramano de prácticas extendidas, Putignano sostiene un sistema de “vaca ama” para la cría de terneros, priorizando la leche natural por sobre sustitutos en polvo. El resultado, asegura, es mortalidad nula y mejor genética en las futuras madres, aunque implique resignar litros en el corto plazo.
Precio de la leche y una pelea permanente
La relación con la industria es uno de los puntos más sensibles. Si bien existe el Sistema Integrado de Gestión de la Lechería Argentina (Siglea) como referencia, Virginia afirma que no siempre se respeta. “Este mes me pagaron menos y estoy peleando para que me regulen la diferencia. La leche es excelente, los análisis lo demuestran, pero siempre hay un argumento para pagar menos”, señala.
Aun así, logró una modalidad de cobro poco frecuente: percibe adelantos quincenales, una herramienta clave para afrontar gastos operativos en un negocio donde la previsibilidad sigue siendo escasa.
Inversión, legado y resistencia
Lejos de vender o arrendar el campo, Putignano eligió seguir produciendo, incluso en una escala chica y con márgenes ajustados. En marzo pasado, compró un tractor nuevo con crédito. “Fue un antes y un después. El tambo es una rueda: si no tenés tractor, no alimentás”, resume.
La robotización, presente en otros tambos de la zona, por ahora queda en espera. Prefiere priorizar el confort animal y evaluar resultados a largo plazo antes de incorporar tecnologías que impliquen mayor exigencia productiva.
El tambo como identidad
La historia está atravesada por la figura de Henry Putignano, un productor que se hizo a sí mismo desde la pobreza y que consideraba al campo como su “paraíso terrenal”. “Todo lo que hago lo pienso como si él estuviera mirando. Podría dedicarme solo a mi profesión, pero sostener el tambo es sostener una fuente de trabajo y una forma de vida en Lincoln”, afirma.
En tiempos de cierre de establecimientos y concentración productiva, la experiencia de Virginia Putignano expone una lechería argentina que resiste, apoyada en el compromiso personal, la planificación y una convicción profunda: seguir produciendo, aun cuando el contexto no siempre acompañe.
Fuente: La Nación
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