ESPMEXENGBRAIND

4 Abr 2025
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Héctor Julio Maccari, Usina Láctea El Puente.
Fabián Uset. La fábrica de General Ordoñez, que produce la leche y los productos para abastecer sus locales.

Cuando Natalia y Pedro, los papás de Héctor, le pedían a su hijo que fuera a ordeñar la vaca al corral, el chico de 4 años elegía al animal que unos minutos antes había orinado en el lugar. “Hacía mucho frío y ni yo ni mis hermanos teníamos zapatos… Por eso esperábamos que la vaquita hiciera pis para tener los pies calentitos”. Héctor Julio Maccari nació hace 80 años en Morrison, un pueblito que se encuentra a 515 kilómetros de Capital Federal. Se crió gambeteando el hambre junto a sus nueve hermanos.

Lucho, como le dicen sus amigos, es el cuarto. Sólo hizo hasta tercer grado del primario y consiguió fundar y ser el dueño de Usina Láctea El Puente, una empresa que hoy, sin perder su esencia familiar, da trabajo a más de 500 empleados de manera directa. Y a pesar de la crisis que vive hoy el país, el hombre que es papá de Elvis (53) y Myller (51), y que hace 56 años está casado con Elda Pérez (77), su primer y único amor, asegura: “En nuestros locales, varios de ellos hoy convertidos en mini mercados, no tenemos Precios Cuidados porque le defendemos el bolsillo a la gente todos los días del año”.

HISTORIA DE PELICULA. Pero, ¿cómo hizo este hombre para salir de la pobreza extrema y llegar a la cima? Es la pregunta que muchos le hicieron a lo largo de estos años, cuando su marca se posicionó en el mercado argentino. En el segundo piso de sus oficinas de la avenida Corrientes al 6000, Héctor cuenta su proeza acompañado por su esposa quien, en esta hermosa historia de amor y de vida, hizo mucho para que este emprendimiento diera sus frutos.

“Yo era el encargado de D70, una marca láctea de la cooperativa del pueblo que producía quesos y leche –rememora–, hasta que un día, en el año 1973, decidieron traer técnicos a cada puesto y me invitaron a irme. Me dieron una garantía y me compré, un camión con el que traía queso y leche a clientes de Buenos Aires. Y cuando yo me cansaba, mi esposa era quien manejaba el camión. Por eso siempre digo que Kuky fue el primer acierto de mi vida. Tanto que hasta construí un barrio con su nombre”.

–En el año 2013, en General Ordóñez, donde se encuentra nuestra planta, decidí construirles un barrio a los empleados del pueblo, para que tengan su primera vivienda o puedan mejorar sus condiciones de vida. Y entre todos lo bautizaron “Elda Pérez”. ¡Hoy hasta se corren maratones con mi nombre!

–Aquella noticia, la del despido de la fábrica, que parecía ser terrible, terminó siendo un llamado. ¡Se animó a venir a Buenos Aires!

–Sí, es verdad. Tanto, que con los años nos compramos aquella marca. Pero con ese camión comenzamos a hacer los viajes a Buenos Aires y cuando ya teníamos una larga lista de clientes, nos salió la oportunidad de comprar nuestro primer negocio en la avenida Corrientes 6069.

–¿Cuando hace un repaso de las cosas que cambiaron su vida, haber aceptado el desafío de tener su propio negocio fue clave en el secreto de su éxito?

–Fue una, pero la primera fue a los 18 años, cuando hice el servicio militar. A mí me tocaron dos años en la Marina y ellos me enseñaron muchas cosas. Aprendí a manejar, a leer y escribir, me formaron como persona… ¡Hasta me dieron la posibilidad de ser futbolista profesional!

–¿Cómo fue eso, Héctor?

–Yo jugaba muy bien al fútbol, era rápido y habilidoso. Entonces uno de los capitanes era fanático de Olimpo de Bahía Blanca y me consiguió la prueba. A los dos meses ya estaba jugando de puntero derecho en ese club. Me decían Loustau, por la forma parecida que tenía al delantero de River que formó parte de La Máquina de los años 40′.

–¿Cuánto tiempo jugó?

–Un año. Cuando me dieron la baja, volví a mi casa y les dije a mis hermanos: “Afuera hay un mundo increíble y hermoso que tienen que conocer”.

–Estábamos en la apertura de su primer local en Buenos Aires. ¿Cómo siguió?

–Nos vinimos a vivir acá, en el depósito del negocio. Compramos una fábrica chica en Córdoba y de repente nos dimos cuenta de que teníamos todo para crecer de manera sostenida.

Lo que siguió en la vida de Lucho y Kuky fue un crecimiento sostenido. Más locales –llegó a tener doce–, más fábricas, más camiones, más empleados… Y aunque hoy estén posicionados como una de las mejores de la Argentina, ellos siguen al frente junto a sus hijos y manejan todo como una empresa familiar.

–Héctor, para terminar le pregunto: ¿cuál es el secreto de su éxito?

–Esfuerzo, trabajo y tener coraje para no dejar pasar las oportunidades. Yo hasta los 20 años no sabía leer ni escribir, ni que había algo más allá del pueblo donde vivía. Pero no me quedé lamentándome por el destino que me había tocado. Decidí salir a conquistar el mundo. Hoy, con 80 años recién cumplidos, estoy feliz y orgulloso por todo lo que conseguí.

Por Sergio Oviedo
Fotos: Fabián Uset

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