ESPMEXENGBRAIND

4 Abr 2025
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4 Abr 2025
Los hermanos Héctor, Javier y José siguen los pasos de papá Néstor, que a los 82 años sigue sacando leche en su campo de la Banda Este. También crían chivos, lechones y ovejas.

El campo suele ser un asunto de transmisión genética familiar. Si bien ahora son varios los productores que se quejan porque ven que su esfuerzo se va quedando sin eco debido a que los jóvenes prefieren otros rumbos menos sacrificados, sobre todo pasa entre los criadores caprinos, también están bien documentados aquellos casos en los que la tradición pesa más y los hijos siguen el camino de los padres.

 Incluso muchas veces lo perfeccionan porque estudian carreras relacionadas con la agronomía, la administración de los establecimientos agropecuarios, e incluso veterinaria para poder mejorar el trabajo de sus antepasados y agregar tecnología a los conocimientos ancestrales que los llevaron hasta el punto actual.

 En el caso de Héctor Gatica, él ya tenía en el disco rígido la tradición familiar porque viene de abuelo y papá tambero, una profesión que heredó junto con sus dos hermanos varones, mientras que las cinco mujeres tomaron otros rumbos. Ahora que tiene cinco hijos, aspira a que todos, de una manera u otra, sigan sus pasos y agranden la explotación mixta que lleva adelante en Quines, con agricultura aplicada a la alimentación ganadera. Por eso Alejandra, Fernanda, Lourdes, Milagros y Héctor le dan una mano en lo que pueden, sobre todo el varón, su orgullo, por el que insistió mientras la familia se llenaba de mujeres.

Un negocio pequeño, bien de pueblo, levantado con esfuerzo, al que hay que ponerle garra todos los días para poder subsistir. Si los hijos lo aceptan, allí tienen el campo para experimentar y los animales que siempre les darán de comer, aun en las épocas más complicadas, como la actual.

 “Todo comenzó con mi abuelo, siempre en la Banda Este. Él comenzó con el tambo y gracias a su esfuerzo nosotros pudimos estudiar, para luego manejar todo con más conocimientos teóricos. Todos tenemos algún título”, asegura Héctor, quien dicta clases en la Escuela Técnica (EPET)  Nº 31 de Quines, donde se encarga de las materias Organización y Gestión de la Producción y Prácticas Profesionalizantes gracias al título terciario que obtuvo con sus estudios, los que también le permiten manejarse con autoridad en materia agrícola y ganadera.

Los hermanos Gatica llevan adelante el tambo familiar con ciertas particularidades productivas que no son muy habituales. Por ejemplo, hacen un ordeñe diario con el ternero al pie y aun así obtienen 80 litros diarios que envasan en tambores y venden casa por casa en el pueblo. “Recién los destetamos cuando la vaca deja de producir, a los ocho o nueve meses, alcanzan los 180 kilos al medio año. Lo hacemos por bienestar animal, si ellos están bien, van a rendir más, lo tenemos certificado”, cuenta Héctor, consciente que la mayoría saca a los terneros machos bien rápido del tambo para que no ocasionen gastos y poder comercializarlos para carne.

No hacen inseminación artificial, la reproducción es natural, aunque tengan que luchar a brazo partido con el toro que es el padre del plantel, al que Gatica califica como “muy vago”, aunque lo hace con una sonrisa. Igual, con la leche en estado natural que venden en el pueblo en los tambores de 50 litros les va más que bien. “Incluso en verano, cuando la producción lógicamente sube, hacemos algunos quesos criollos para completar la oferta”, cuenta el productor.

Para ingresar a la “datilera” hay que atravesar un viejo y deteriorado arco de ladrillos, en el que todavía se anuncian las noches de boliche que había en la disco Las Palmeras en el apogeo de los 90. Aunque quedan algunos árboles frutales a ambos costados del camino de ripio de la entrada, los Gatica sacaron la mayoría para pasar parte de esas hectáreas a la agricultura y utilizar otras como campo de cría. “Hacemos cultivos siempre pensando en el tambo, sobre todo alfalfa, y también algo de sorgo y maíz para agregarle a las dietas.

 El sorgo forrajero lo agregamos este año para ver cómo rinde”, describe Héctor mientras nos adentramos en los lotes que lucen un verde profundo y tienen una hermosa vista de las Sierras Centrales.

 El gran problema que afrontan este año es la falta de agua. Una zona a la que con suerte le caen 500 milímetros anuales, esta vez apenas si recibió la mitad, lo que los obligó a no sembrar los tradicionales verdeos de invierno, como avena, triticale y centeno con los que defienden la productividad del suelo ya que son indispensables en la rotación.

 “Era imposible, no teníamos agua para que se desarrollen, estamos anotados como usuarios regantes de San Luis Agua, pero hace un mes y medio que no nos pueden mandar ni una gota, dependemos de la lluvia, que no aparece desde hace meses”, aporta Gatica, a lo que Héctor Andrada, el técnico del INTA que está afincado en la zona y los asesora en todo lo que puede, agrega que “el dique La Huertita, que es de donde baja el agua para esta zona, está 20 metros debajo de lo normal”.

  Al drama de la falta de agua se sumó cuatro meses atrás también la escasez de gasoil para mover las máquinas y los vehículos. En la única estación de servicio de Quines, que es de bandera blanca, está bien por encima de los 200 pesos el litro, lo que agrega costos extras a una actividad que de por sí tiene algunos insumos en dólares y vende todo en pesos, con un diferencial cambiario que no es favorable a los productores.

 Pero los Gatica saben reponerse de los desastres climáticos. En la gran inundación de 2015 perdieron casi todos los postes y alambrados, más algunos animales que se llevó el agua que llegó de repente en aquel primer día de marzo, sin darles tiempo a nada. “Unos años después un incendio nos destruyó los cultivos, pero también salimos adelante”, anuncia con el orgullo propio de los productores de zonas marginales, a los que nunca les sobra nada.

 Consocia los cultivos de invierno con un maíz que siembra en marzo, con el único objetivo de lograr sombra y usar las hojas de esos híbridos para darle más volumen al forraje. Claro que este año no habrá avena ni centeno para cuidar. Y con el maíz hay otro inconveniente: cuesta conseguir en la zona que les vendan granos. “Las empresas grandes que están en el corredor productivo Quines-Candelaria lo llevan al puerto de Rosario para exportarlo, entonces lo poco que hay viene de otro lado, es caro y además tenés que pagar el flete. Un solo productor nos ayuda con eso y acepta vendernos un poco de maíz”, reconoce el tambero.

 Tienen riego por manto, que ya quedó dicho que escasea debido a la falta de lluvias, lo que lleva al tambero a pronosticar “un invierno largo y un verano que pinta difícil”. Según Gatica, “cuando tenemos riego lo usamos dos veces sobre el maíz, una primera cuando está en hoja bandera y la otra durante el llenado de granos. Pero hoy necesitaríamos cuatro, porque no llueve nada desde marzo”.

 Para peor, tuvieron unos cuantos amagues del cielo, entonces esperando el agua retrasaron la cosecha de alfalfa. Manejan una variedad de grupo 8 con muy poca latencia, que ya tiene dos años de sembrada y les está rindiendo bien, dadas las difíciles circunstancias con el clima. “Ganamos 10 días en el corte con una segadora que tiene el sistema Kun, ya que la de hélice golpea mucho y acorta entre uno y dos años la vida útil de la pastura”, asegura Héctor, que ya conoce de memoria la fórmula para producir bien, pero no siempre cuenta con las herramientas. Tuvo algunas charlas con los técnicos de Alfazal, pero al final decidió seguir por su cuenta con los cortes y el enfardado.

 La maleza predominante de la zona es el sorgo de Alepo, y también tienen algo de pasto de campo. Paradójicamente, como no están recibiendo riego, la emergencia es menor, ya que esa agua las multiplica fácilmente. Levanta la alfalfa con entre 14% y 17% de humedad para no perder hojas y saca alrededor de siete rollos de 500 kilos por hectárea, con un corte cada 35 o 45 días. Como tiene buena maquinaria, también ofrece el servicio de corte a otros vecinos que hacen alfalfa, con lo que suma un dinero extra para invertir en su campo.

 Con los problemas que tiene para contar con maíz, la ganadería de monte se basa mucho en las pasturas megatérmicas. Comen cola de zorro, estipas, arístides y algo de buffel grass. “Acá no sirve el gatton panic, porque necesita mucha agua, justamente lo que no tenemos”, agrega Héctor, quien cuenta con 50 madres y dos toros, un Hereford y un Braford que le agrega una pizca de rusticidad a un rodeo que se las tiene que arreglar como puede. “Van a ir a pastoreo directo por falta de verdeos”, anuncia.

El tambo y los frutales

 Cuando dejamos las 29 hectáreas del viejo parque provincial vamos directo para la casa de su papá Néstor, al que todos conocen como “Nene”, quien carga con 82 jóvenes años y sigue adelante con su pasión por el tambo, que está ubicado en su propiedad.

 Allí Héctor (49 años) junto con sus hermanos Javier (45) y José (40) ordeñan bien temprano y distribuyen la leche que van a vender. Por la tarde, los hijos se encargan de la limpieza cuando vuelven del colegio, porque el estudio es una de las condiciones que no se negocian en la familia.

 Las vacas van a comer rollo a un potrero que los Gatica denominan como “duro” luego del ordeñe. Se trata de un rodeo bastante parejito, en el que predomina la genética Holando, típica de los tambos argentinos.

Además, los Gatica tienen frutales que dan unos cítricos espectaculares y algunos lechones, chivos y ovejas, que venden faenados y listos para consumir en los mejores momentos del año.

 Con buen ojo, les hacen un servicio estacionado para que las crías estén con el peso ideal para la época de las fiestas de fin de año, cuando todos se reúnen alrededor de la mesa para compartir lo que producen, alegrarse por las buenas y dejar atrás las malas para encarar un nuevo año juntos, con las ganas de siempre y la disposición para transmitir los conocimientos de generación en generación y renovar ese pacto tácito que tienen con el campo.

 

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