Hoekstra y Chapagain son los apellidos de dos científicos de la universidad holandesa de Twente. Han estudiado a fondo lo que se ha dado en llamar la “huella hídrica”.
Sorprende, de entrada, que un litro de leche en México, requiera más de 2,300 litros de agua. Es de esperarse que el queso, que es leche concentrada y modificada por diversos microorganismos y procesos, requiera de más agua.
En México, producir un kilo de queso necesita más de 11,800 litros de agua. Aunque no venga el caso de este artículo, pero para que se entere, producir un kilo de carne de res utiliza casi 38 mil litros de agua.
Lo menciono pues conservar un agua cada vez más escasa en un mundo cada vez más poblado y más caliente, pasa por reducir nuestro consumo de carne, leche y huevos. Y queso obviamente.
Sucede que en los Estados Unidos, merced de un generoso programa de subsidios y ayudas se produce cada año más y más leche. El usamericano promedio ha bajado su consumo anual de leche a un 60% de lo que era en 1975.
Ergo, en los Estados Unidos se está produciendo demasiada leche. La forma práctica de almacenar ese excedente es como queso. Por ello nuestro vecino tiene hoy almacenadas 635 mil toneladas de queso. Queso barato por el exceso de oferta.
Queso para el que se le han encontrado salidas ingeniosas. Las pizzas con orillas rellena de queso surgen por esta razón. Este queso contribuye a la epidemia de obesidad que aqueja a los EUA y a otros países.
Producir demasiado queso nos lleva a consumir demasiada agua. Malo para la salud de los ecosistemas. Nos lleva también a comer demasiado queso. Malo para nuestra salud.
Nos urgen -aquí y allá- patrones de producción y consumo más racionales. Consumidores mejor informados.