La historia de Abracha Benski es un relato de resiliencia, ingenio y chocolate que cruza continentes y conflictos. Nacido cerca de Kiev (Ucrania) en plena agitación política, Benski atravesó la Primera Guerra Mundial, escapó del avance soviético y finalmente huyó del nazismo antes de llegar a Líbano, donde su vida daría un giro inesperado hacia el mundo del chocolate.
Desde muy joven aprendió la fabricación de caramelos en la empresa familiar, pero fue su propio instinto creativo el que lo llevó a innovar en la producción de chocolate cuando casi no existían refrigeradores industriales: cavó túneles bajo tierra para mantener la temperatura estable y fabricar dulces todo el año, un método que sorprendió por su eficacia y le valió convertirse en socio de una gran fábrica local.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Benski y su esposa Nicolitza “Nelly” Georgescu emigraron a Argentina. Allí, en un garaje de Belgrano R, comenzaron a producir chocolates artesanales mezclando ingredientes locales, incluido el icónico dulce de leche argentino. Inspirado por los sabores nacionales, Abracha creó una cápsula rellena de dulce de leche con un toque de ron y recubierta de chocolate: así nació lo que hoy conocemos como Cabsha, un bocadito que rápidamente se volvió un favorito en kioscos de todo el país.
El nombre Cabsha tiene un significado especial: para Benski representaba la expresión “te quiero”, y el logo original reflejaba la figura de una mujer rusa equilibrando dos baldes de leche, simbolizando la fuerza laboral femenina —una idea que él valoraba profundamente.
Tras el éxito masivo en Argentina, Cabsha llegó a varios mercados, aunque con el tiempo la empresa original fue vendida (llegó a manos de la cordobesa Arcor), y la familia enfrentó nuevas vueltas de la vida y la economía. Sin embargo, el legado no terminó allí. Décadas más tarde, su hija Dadi Benski y su nieta Federica fundaron Vasalissa Chocolatier, retomando la tradición familiar y honrando así el espíritu creativo y obstinado de Abracha.
La historia de Benski no es solo la de un producto icónico: es la de un hombre que perdió todo cinco veces —escapando de guerras, reinventándose en cada tierra que pisó— y siempre encontró en el chocolate una manera de seguir adelante.
📎 Fuente: La Nación
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