ESPMEXENGBRAIND

4 Abr 2025
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4 Abr 2025
La frase con la que comienza el título de la presente nota es una muy escuchada en el sector agropecuario, especialmente en el rubro de la lechería.

Producto de las crisis por los precios de la leche remitida a la industria, obstáculos a la hora del acceso a créditos para invertir en la unidad productiva, cuestiones climáticas, y los costos de mantener activo un tambo, muchos productores lecheros se debaten históricamente si cerrar ese tambo y dedicar las tierras a la agricultura, o mantenerlo abierto.

Esas crisis recurrentes y cíclicas de la lechería llevan a que muchos tamberos decidan terminar con el sufrimiento y cerrar definitivamente, en primer lugar por las razones citadas, pero también porque las nuevas generaciones no encuentran un incentivo atractivo para ir a trabajar al tambo.

Lo que suele ocurrir es que las tierras donde funcionaba el tambo, sean destinadas a la producción agrícola, sobre todo en la pampa húmeda, y más aún en plena cuenca lechera, aquella que se desarrolla en el centro oeste de Santa Fe.

Por ahí tenía el tambo Héctor Garavaglia, cerca de Humboldt, en Colonia Nueva. Héctor contó a Bichos de Campo que heredó esa cultura de trabajar el tambo de sus padres, cuando era muy joven, que incluso llegó a ordeñar a mano, cuando no había máquinas para esa labor.

Pero hoy en día todo es distinto: el tambo lleva años cerrado, se dedica a la agricultura que da buenos resultados, montó una empresa de transporte, no reniega y dice que ya no solo no vuelve al tambo, sino que ni siquiera imagina alguien que retome esa tradición familiar.

Además, Garavaglia dice que en la zona donde produce, a muchos les pasó lo mismo. Y que hay una concentración de la producción, de parte de los grandes establecimientos lecheros, que crecen a medida que los pequeños cierran: “En mi zona fueron cerrando muchos y van quedando grandes, grandes. Cada vez los grandes concentran más, se concentra la producción”, advierte el productor.

Durante el contacto con este medio, Garavaglia profundiza en las nuevas generaciones y porqué es tan difícil mantener el tambo abierto: “Las generaciones se van. La gente grande viene vieja, no puede más seguir, y los jóvenes se dedican a otra cosa, otro rubro. Y cuando la gente viene grande, cierra el tambo y te alquilan los campos”.

De acuerdo a lo que cuenta el santafesino, a las nuevas generaciones les tienta más acercarse a la agricultura, dada la avanzada tecnificación, mayores avances tecnológicos, lo que supone una dinámica más atractiva para el día a día: “Veo que a la juventud le gusta mucho la agricultura, porque para trabajar hay muchas cosas que nosotros tal vez no las entendemos. Ahora que viste son todas computarizadas las máquinas cosechadoras, fumigadores, todo. Y nosotros, en aquella época no había eso, y tal vez nosotros no las entendemos. Yo veo la facilidad que tienen para entender las cosas. Vos agarrás una fumigadora y es todo computarizado. Cuando yo empezaba era todo a cálculo. La agricultura tuvo una expansión muy buena. Ahora hacés el fardo, y se levanta con un pinche, sin hacer fuerza. Antes era todo a pulmón”.

Si bien hace ya algunos años que el tambo de Héctor Garavaglia está cerrado y donde solía ordeñar ahora hay cultivos agrícolas, es una de las historias de personas de carne y hueso que cuenta porque se cierra un tambo, y que pasa luego, en primera persona.

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