ESPMEXENGBRAIND

6 Abr 2025
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6 Abr 2025
Dentro de pocos lustros, en Colombia no habrá un campesino que siembre comida u ordeñe una vaca.

Pocas cosas se arraigan más en el imaginario colectivo que los mitos urbanos, como el de que en el mundo, específicamente en Colombia, hay millones de campesinos buscando trabajo.

Desconociendo la incontrovertible realidad, los burgueses no son conscientes de que el campesinado colombiano envejece a pasos agigantados.

Según el DANE, los campesinos tienen una edad de 41 a 64 años y hay departamentos en los que la edad promedio supera los 57. Dentro de pocos lustros, en Colombia no habrá quien siembre comida u ordeñe una vaca.

A quienes no distinguen entre un cogollo y un repollo, principalmente políticos, formadores de opinión y agricultores de escritorio, se les dificulta aceptar que en el campo difícilmente habita el 15 % de la población, cifra que incluye a los comerciantes rurales.

Tres millones de hectáreas en zonas fértiles, para producir alimentos, implican darles por lo menos 15 hectáreas a los campesinos; serían 200.000 familias campesinas. Para trabajar eficazmente su parcela productiva, en la mejor tierra, hoy ganadera, se necesitarán mínimo cuatro personas para trabajar con ellos; son un millón de trabajadores del campo nuevos, ¿dónde están?”.

El fenómeno de despoblación rural tiene dos explicaciones: el primero es que la tierra no se come ni las vacas dan leche.

La tierra no produce comida si no se labra, abona y riega. Sin vías, acceso al crédito, tecnología, maquinaria, semillas, abonos ni fertilizantes, no puede haber producción agrícola.

Las vacas tampoco dan leche: a las cuatro de la mañana hay que caminar por el potrero o corral lleno de boñiga, atar la cola y las patas de la vaca, sentarse en el banquito, poner el balde y saber ordeñarla, o no se tiene leche.

El segundo factor es el enorme magnetismo de las ciudades. El historiador Ben Wilson, en su libro Metrópolis, describe la Mánchester del siglo antepasado, descripción hoy asombrosamente vigente: “Como decía un irlandés, vivir y trabajar en Mánchester le daba la oportunidad de hacer dos comidas al día.

La existencia en los barrios marginales era dura e insalubre, pero, tanto entonces como ahora, ofrecía una mejor calidad de vida y más oportunidades que el campo.

La pobreza rural es una de las características definitorias de nuestra era y una de las principales razones por las que las ciudades crecen a un ritmo tan acelerado: en 1991, el 44 % de la población mundial trabajaba en la agricultura; hoy, solo es un 28 % y sigue disminuyendo rápidamente.

La ciudad no solo ofrece beneficios materiales, sino también emociones y la oportunidad de reinventarse. Para muchos ciudadanos de Mánchester y Chicago, la ciudad significaba también libertad.

Los críticos de la era victoriana nunca llegaron a entender eso: la oscuridad y la mugre los cegaban y no les dejaban ver los modos en que se repensaba el concepto de comunidad en la moderna metrópolis industrial”.

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