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14 Mar 2026
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En un momento de reconfiguración para la lechería argentina, recordar los cimientos de su principal referente ayuda a entender la resiliencia del sector. Repasamos la historia de Antonino Mastellone: el inmigrante que transformó la logística artesanal en el motor de la industria láctea nacional.
El origen de un gigante Antonino Mastellone y el nacimiento de La Serenísima

La historia de la lechería argentina no se puede explicar sin la figura de Antonino Mastellone. Su legado no solo es una marca líder, sino la transformación de una actividad artesanal en una de las cadenas de valor más profesionalizadas del Cono Sur.

El desembarco de un oficio

En 1925, Antonino llegó de Sorrento con una “tecnología” invisible: el conocimiento de la elaboración de quesos de pasta hilada. En una Argentina que consumía principalmente quesos duros y semiduros, la introducción de la mozzarella y la ricota fue una innovación de mercado que encontró su nicho en la creciente gastronomía porteña.

Junto a su hermano José, se radicó en General Rodríguez, un punto estratégico que terminaría convirtiéndose en el epicentro del nodo logístico lácteo más importante del país.

Logística de tracción a sangre

Para el sector, la anécdota del camión de 1935 es mucho más que una curiosidad: representa el nacimiento del reparto directo. En una época donde la cadena dependía del ferrocarril —con las limitaciones de frío y horarios que eso implicaba—, Mastellone apostó por la autonomía.

Aquel camión usado que a menudo debía ser empujado para arrancar, fue el prototipo de la red de recolección y distribución que hoy recorre miles de kilómetros diariamente. Antonino entendió tempranamente que en el negocio lácteo, la eficiencia logística es tan crítica como la calidad en boca de jarro.

1929: Una fecha fundacional

Aunque la actividad comenzó antes, el 29 de octubre de 1929 se marcó como el inicio oficial de la firma. Fue un nacimiento en plena crisis global, un detalle que prefiguró la resiliencia de la empresa ante los ciclos económicos argentinos.

Con su matrimonio con Teresa Aiello, la empresa consolidó su perfil familiar, un rasgo que se mantuvo incluso cuando la escala productiva pasó de unos pocos litros artesanales a procesar millones de litros diarios.

El salto a la industrialización

Tras la muerte de Antonino en 1952, su hijo Pascual Mastellone tomó las riendas, llevando la visión de su padre al siguiente nivel: la pasteurización obligatoria, el sachet y la tecnificación de los tambos proveedores. Sin embargo, los valores de “el tano” —la obsesión por la materia prima y el cumplimiento con el cliente— quedaron sellados en el ADN de la compañía.

Fuente: iPROFESIONAL

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