ESPMEXENGBRAIND

6 Abr 2025
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6 Abr 2025
Desde el trabajo rural de su infancia hasta el emprendimiento familiar que hoy comparte con sus hijos en Bernardo de Irigoyen, una mujer construyó una historia de esfuerzo, compromiso y amor por los animales.
La mujer que vive en el campo y lleva adelante la pyme familiar

La historia de Claudia Gerlero está marcada por el campo y atravesada por su amor a los animales. Comenzó en el tambo familiar y siguió en el que heredó su marido, hace más de 30 años, en Bernardo de Irigoyen (localidad del departamento San Jerónimo, Provincia de Santa Fe).

Hoy es un negocio familiar en el que están involucrados sus tres hijos. Sin desconocer el sacrificio que implica la actividad, aún más siendo mujer, reafirma que la elegiría una y otra vez, porque es su lugar en el mundo y se propone disfrutarlo por mucho tiempo.

Despedirse y volver

Hasta sus 9 años Claudia vivió en el campo de sus padres. “Mi papá y mi mamá ordeñaban. Tenían tambo. Pero mi padre, que había sido profesor de educación técnica, decidió dejar la actividad para dedicarse al comercio”, recuerda sobre ese traslado al pueblo, que, sin embargo, no duró para siempre. Años después, ya casada con Marcelo Aimaro, no dudaron en volver para hacerse cargo, junto a su cuñado, del tambo que heredaron cuando falleció su suegro. “En ese momento era un campo mucho más chico, pero después se fue acrecentando”, cuenta.

Actualmente, tienen 400 vacas en ordeñe, si bien Claudia reconoce que ya no se ocupa de esa tarea. “Estuve muchos años ordeñando en fosa. Incluso, hasta los siete meses de embarazo de las melli. Después, fueron períodos intermitentes. De lo que sí me encargo ahora, junto a una chica que me ayuda, es de la cría de los terneros, o la ´guanchera´, como le decimos acá en el campo”, describe sobre la evolución de su actividad en el lugar.

Todos los días un camión pasa a retirar la leche fría, excepto que llueva y pueden conservarla. Entiende que una buena producción se logra con un conjunto de cosas: una buena alimentación, agua limpia y disponible, corrales secos, la media sombra, atención sanitaria al día y el buen trato en el arreo, que es el otro 50 %. Además de los 8 mil litros de leche que obtienen, también producen granos y silo para el campo. A su vez, cosechan trigo, soja, girasol y maíz para el consumo.

Claro que no siempre fue así, ya que sus hijos hicieron la primaria en una escuela que está en la esquina del campo, pero para la secundaria tuvieron que trasladarse a Gálvez. Todos los días ella viajaba a trabajar, por lo que lo recuerda como una etapa bastante dura, ya que solo en vacaciones o durante los fines de semana podían instalarse de nuevo en Bernardo de Irigoyen.

“Yo siempre digo que esta actividad, la del tambo, es una de las más sacrificadas, en la que tenés que estar de lunes a lunes, si bien hay un sistema de reemplazos y de francos. Hay que amar mucho a los animales. Los terneros tienen que tomar su leche y las vacas se tienen que ordeñar todos los días. Te tiene que gustar muchísimo para seguir en el tiempo”, afirma la tambera, quien se siente bendecida por poder trabajar en aquello que ama hacer.

A su vez, asume la responsabilidad por las otras familias que dependen de su empresa y, en ese sentido, reconoce la labor de su esposo como la cabeza organizativa del lugar.

Sin embargo, Claudia observa que más allá de las alternativas que fueron surgiendo en el último tiempo, se sigue consumiendo mucha leche de vaca.

Ser mujer en el campo

“Te voy a decir la verdad: nunca fue fácil”, dispara la tambera sobre el lugar que ocupan las mujeres en un entorno donde impera la masculinidad. “Por lo general, trabajan hombres -describe- y no es fácil recibir la orden de una mujer, y más en el medio del campo”.

Si bien observa cierta evolución y reconoce que años atrás asumir ese lugar costaba más. En ese sentido, involucrarse en la actividad gremial para visibilizar el trabajo de sus pares en la actividad lo siente como un paso positivo. Cuenta que empezó participando en un grupo de WhatsApp, luego fue a contar su experiencia en un intercambio de mujeres lecheras y queseras en Neuquén.

Fue la posterior obtención del premio Lía Encalada, en la categoría lechería, lo que le abrió las puertas a la organización Mujeres de la Ruralidad Argentina, de la que hoy es vicepresidenta.

Así, Claudia, que se había dedicado a su trabajo y a familia, abrió un nuevo capítulo en su vida, con el que tiene grandes proyectos por delante, si bien también fueron modernizando el tambo, para ellos y quienes lo seguirán trabajando. Con orgullo, cuenta que una de sus hijas estudió genética y la otra está estudiando abogacía y las dos están involucradas en el área administrativa.

En cuanto a su hijo, participa en la agricultura, aunque también le gusta el tambo. A su vez, su yerno y su cuñado son parte de la empresa, por lo que sigue en manos de la familia y espera que sea así por mucho tiempo más, mientras sus tres nietos, hoy por hoy, disfrutan del contacto con el lugar y los animales.

“A lo mejor el día de mañana se van a estudiar y no vuelven, pero la idea es que ellos crezcan queriendo todo esto, sus raíces y amen lo que nosotros estamos haciendo”, dice Claudia, quien con poder tener los domingos a la familia reunida ya se siente millonaria.

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