Tomar leche durante toda la vida no garantiza que se tolere exactamente igual a los 20, 40 o 60 años.
Una persona que durante años consumió lácteos sin inconvenientes puede comenzar a notar hinchazón, gases, cólicos o diarrea después de beber leche, comer helado o ingerir determinadas cantidades de lactosa.
La explicación puede estar en una reducción de la lactasa, la enzima producida en el intestino delgado encargada de descomponer la lactosa, el azúcar natural de la leche.
Yale Medicine explica que casi todos los bebés producen abundante lactasa, pero en muchas personas su producción disminuye con la edad. Solo una parte de ellas desarrolla síntomas suficientes para hablar de intolerancia.
La lactasa puede disminuir con los años
Cuando hay suficiente lactasa, la lactosa se descompone y puede ser absorbida normalmente.
Si la enzima resulta insuficiente para la cantidad consumida, parte de esa lactosa continúa hacia el colon.
Allí las bacterias la fermentan y generan gas y líquido, lo que puede provocar distensión abdominal, flatulencias y diarrea.
La denominada no persistencia de lactasa es la causa más frecuente de una reducción de esta enzima y puede empezar a manifestarse desde la adolescencia o durante la adultez temprana.
La gastroenteróloga Hamita Sachar, de Yale Medicine, señala que muchas consultas aparecen entre los 20 y 30 años, aunque los síntomas también pueden comenzar más tarde.
Intolerancia no significa alergia a la leche
Son dos situaciones diferentes.
La intolerancia a la lactosa se relaciona con la digestión de un azúcar.
La alergia a la leche, en cambio, es una respuesta inmunitaria frente a determinadas proteínas lácteas.
Una alergia puede provocar urticaria, vómitos, eccema o, en casos graves, dificultades respiratorias.
La intolerancia suele generar principalmente síntomas gastrointestinales y no involucra el mismo mecanismo inmunológico.
La diferencia es especialmente importante porque una persona con intolerancia puede seguir tolerando determinados productos lácteos, mientras una alergia requiere otra evaluación y manejo.
No todas las personas toleran la misma cantidad
La intolerancia no funciona como un interruptor de encendido y apagado.
Existe una enorme variabilidad.
Algunas personas sienten molestias después de cantidades relativamente pequeñas.
Otras pueden consumir leche en una comida o comer yogur y queso sin síntomas importantes.
El NIDDK señala que muchas personas pueden tolerar unos 12 gramos de lactosa, aproximadamente lo que contiene una taza de leche, sin síntomas o únicamente con molestias leves.
Eso tampoco significa que 12 gramos sea una recomendación universal.
La tolerancia depende de cada persona, de la cantidad ingerida de una vez y de qué otros alimentos acompañan el consumo.
El queso duro suele tener mucha menos lactosa
La fabricación del queso cambia radicalmente la composición de la leche.
Durante la elaboración, buena parte de la lactosa se elimina con el suero.
En las variedades maduradas, las bacterias utilizan además parte de la lactosa que queda.
Por eso, quesos duros como cheddar o suizo suelen contener cantidades muy inferiores a las de un vaso de leche y son mejor tolerados por muchas personas con intolerancia.
Lo mismo ocurre con quesos de larga maduración en los que la lactosa puede alcanzar niveles prácticamente residuales.
Esto explica por qué la frase “soy intolerante a la lactosa, por lo tanto no puedo comer queso” no siempre resulta correcta.
El yogur también puede tolerarse mejor
El yogur ofrece otra alternativa.
Durante su fermentación, los microorganismos utilizados en la elaboración participan en la transformación de la lactosa.
Además, las características propias del producto pueden hacer que algunas personas lo toleren mejor que la leche.
El NIDDK incluye específicamente al yogur y los quesos duros entre los productos que pueden resultar más fáciles de consumir para personas con intolerancia.
Pero muestra que reducir lactosa no equivale necesariamente a eliminar la categoría láctea completa.
La leche sin lactosa sigue siendo leche
Otra posibilidad es utilizar productos deslactosados.
En la leche sin lactosa se agrega lactasa para dividir la lactosa en azúcares más simples antes del consumo.
Así se modifica la forma en que ese azúcar llega al sistema digestivo, pero siguen presentes los principales nutrientes propios de la leche.
El NIDDK indica que la leche y los productos con lactosa reducida o eliminada pueden utilizarse para disminuir la ingesta de lactosa sin renunciar necesariamente a los lácteos.
También existen comprimidos o gotas de lactasa que algunas personas utilizan junto con alimentos que contienen lactosa.
Los síntomas pueden confundirse con otras condiciones
Hinchazón, gases, dolor abdominal o diarrea no son síntomas exclusivos de la intolerancia a la lactosa.
Síndrome de intestino irritable, enfermedad celíaca, enfermedad inflamatoria intestinal o sobrecrecimiento bacteriano intestinal pueden producir manifestaciones similares.
Por eso, retirar alimentos y autodiagnosticarse únicamente por una molestia aislada puede conducir a restricciones innecesarias.
El NIDDK señala que el diagnóstico comienza con síntomas, antecedentes y alimentación y, cuando es necesario, puede complementarse con una prueba de hidrógeno en el aliento.
Durante ese examen se administra una cantidad determinada de lactosa y posteriormente se mide el hidrógeno exhalado durante varias horas.
Una elevación del gas acompañada de síntomas puede indicar malabsorción e intolerancia.
Hay intolerancias que pueden ser secundarias
La reducción de lactasa asociada con la edad es una causa frecuente, pero no es la única.
Algunas enfermedades o lesiones del intestino delgado pueden disminuir temporal o persistentemente la producción de lactasa.
En esos casos, tratar la enfermedad de base puede incluso mejorar posteriormente la tolerancia.
Por eso, un cambio reciente y marcado en la digestión merece una evaluación, especialmente cuando aparece junto con otros síntomas.
Yale Medicine recomienda consultar cuando existen señales como sangre en las heces, pérdida de peso sin explicación, fiebre, síntomas nocturnos o falta de mejoría después de un período de reducción de lácteos.
Eliminar todos los lácteos también tiene consecuencias
Otro punto importante es qué ocurre cuando una persona decide eliminar leche, yogures y quesos sin reemplazarlos adecuadamente.
Los lácteos son fuentes relevantes de calcio y, dependiendo del producto y su fortificación, también pueden contribuir al aporte de vitamina D.
El NIDDK advierte que quienes eliminan completamente estos alimentos deben prestar atención a mantener una ingesta adecuada de esos nutrientes.
Por eso, el objetivo no debería ser quitar alimentos automáticamente, sino encontrar el nivel de consumo que resulte tolerable y nutricionalmente adecuado.
Hay más opciones que “leche sí o leche no”
Una persona con intolerancia puede probar, según su tolerancia y con orientación profesional cuando sea necesario:
porciones menores de leche, consumirla junto con comidas, yogur, quesos duros o madurados, productos sin lactosa o suplementos de lactasa.
El propio NIDDK recomienda incorporar pequeñas cantidades de forma gradual para evaluar la respuesta individual.
Eso convierte a la intolerancia en una condición mucho más matizada de lo que suele sugerir su nombre.
La adultez puede cambiar la digestión, no necesariamente la dieta completa
Que aparezcan molestias después de años de consumir leche puede resultar desconcertante.
Pero fisiológicamente tiene una explicación conocida: en muchas personas, la producción intestinal de lactasa disminuye después de la infancia.
La consecuencia tampoco tiene que ser abandonar la góndola láctea.
Quesos con muy poca lactosa, yogures, leche deslactosada, cantidades menores o el consumo junto con otros alimentos permiten que muchas personas sigan incorporando lácteos.
La clave está en distinguir entre intolerancia, alergia y otros trastornos digestivos y conocer la tolerancia individual.
Porque una reducción de lactasa puede obligar a cambiar cómo se consumen los lácteos, pero no necesariamente a dejarlos.
Fuente principal: Infobae, con información de Yale Medicine y declaraciones de la gastroenteróloga Hamita Sachar. Información sobre diagnóstico, tolerancia y manejo contrastada con el National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases (NIDDK).
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