El precio de los alimentos en Argentina tiene un componente estructural que pesa cada vez más en la ecuación: los impuestos. Según el último informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina, uno de cada cuatro pesos que paga el consumidor en productos básicos como carne, pan y leche corresponde a carga tributaria.
El dato no es menor: implica que el Estado se posiciona como uno de los principales “actores” dentro de la cadena de valor, con una incidencia que en muchos casos supera la ganancia de productores, industriales o comerciantes.
En el caso de la carne vacuna, los impuestos representan cerca del 28% del precio final, ubicándose como el segundo componente más importante después de la cría. El resto del valor se distribuye entre costos productivos y márgenes comerciales, en una cadena que puede tardar más de dos años desde el origen hasta la góndola.
Para el pan, la estructura muestra que el 24% del precio corresponde a impuestos, mientras que el 61% son costos de producción y el 15% ganancias. La mayor incidencia no está en la materia prima —el trigo apenas explica cerca del 10%— sino en los costos industriales, energéticos y laborales.
En la leche, el impacto impositivo es incluso más marcado en términos de rentabilidad: alrededor del 26% del precio final son impuestos, mientras que la ganancia total de la cadena apenas alcanza el 3%. Esto refleja un esquema donde los márgenes son extremadamente ajustados, especialmente para los tambos y la industria.
El informe también deja en claro que los granos —frecuentemente señalados como responsables de la suba de precios— tienen una incidencia relativamente baja en el valor final. La mayor parte del precio se explica por costos estructurales (logística, energía, salarios) y por la carga impositiva acumulada en cada etapa.
En este contexto, la presión fiscal no solo impacta en el consumidor, sino también en la competitividad del sector. Con costos elevados y márgenes reducidos, la cadena agroalimentaria enfrenta dificultades para sostener inversiones, expandir producción y competir en mercados internacionales.
El resultado es un sistema donde producir más no necesariamente mejora la rentabilidad, y donde cualquier aumento de costos —logísticos, energéticos o impositivos— se traslada rápidamente al precio final, afectando directamente el consumo.
Fuente: Agritotal
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