Aquí el punto de partida es la leche de vaca, que contiene beta-caroteno, un pigmento natural que aporta ese tono ligeramente amarillo. A esto se suma, en algunos casos, el uso de colorantes para uniformar el producto.
El resultado es un queso más seco, firme y elástico, ideal para fundir sobre pizza, resistir congelación y distribuirse masivamente. No busca destacar por sí solo, sino funcionar dentro de una cadena de producción.
Más que color, una diferencia de mercado
La distinción entre mozzarella blanca y amarilla revela dos modelos de consumo. Por un lado, el europeo, enfocado en productos frescos con menor vida útil. Por otro, el americano, diseñado para volumen, logística y costos controlados.
Esto tiene implicaciones directas en el precio. La mozzarella fresca de búfala suele ser más cara por su proceso artesanal y menor rendimiento. En contraste, la mozzarella industrial permite abaratar costos en restaurantes, especialmente en cadenas de pizza, donde el queso es uno de los insumos clave.
En México, esta dualidad convive todos los días. Desde restaurantes que importan mozzarella fresca para propuestas más especializadas, hasta fondas, pizzerías y cadenas que optan por versiones más económicas y funcionales.
Lo que realmente estás comiendo
Al final, el color del mozzarella no es solo un detalle visual. Es una señal de su origen, su proceso y su propósito en la cocina.
La blanca, asociada a Italia, habla de frescura y tradición. La amarilla, dominante en América, responde a eficiencia y escala. Ninguna es incorrecta, pero sí cuentan historias distintas en cada bocado.
Fuente: El Economista