Barilla, Cadbury, Kikkoman y La Serenísima muestran cómo las marcas centenarias están usando innovación, identidad y conexión emocional para resistir un consumidor cada vez más cambiante.
Mientras miles de marcas nacen y desaparecen en cuestión de años, algunas compañías de alimentos llevan más de un siglo ocupando espacio en las góndolas, en la memoria colectiva y en el consumo cotidiano.
No es casualidad. En un mercado global atravesado por inflación, digitalización, nuevas exigencias nutricionales y consumidores menos fieles, las marcas históricas ya no sobreviven solamente por tradición. Sobreviven porque aprendieron a transformarse sin perder identidad.
Ese fenómeno hoy atraviesa a gigantes globales como Barilla, Kikkoman, Cadbury y también a La Serenísima, una de las compañías alimentarias más emblemáticas de América Latina.
El cambio ya no pasa únicamente por lanzar nuevos productos. Las compañías tradicionales están reconstruyendo su valor alrededor de tres ejes: confianza, adaptación cultural y branding emocional.
En el caso de Barilla, la estrategia consistió en mantener el vínculo con la cocina familiar y el estilo de vida mediterráneo, mientras ampliaba líneas gluten free y propuestas asociadas al bienestar. Kikkoman hizo algo similar: mantuvo su identidad japonesa, pero adaptó formatos, distribución y comunicación para convertir un producto de nicho en consumo masivo global.
La misma lógica aparece en el negocio lácteo.
La Serenísima pasó de ser una empresa enfocada en mozzarella a construir un ecosistema de productos funcionales, líneas reducidas en lactosa, yogures y alimentos asociados a salud y confianza familiar. En un contexto donde el consumidor exige más información, trazabilidad y valor nutricional, las marcas históricas ya no pueden depender únicamente del reconocimiento de nombre.
El fenómeno refleja un cambio más profundo en la industria alimentaria mundial: el consumidor actual ya no compra sólo productos; compra coherencia, historia, confianza y experiencia.
Según análisis recientes del sector marketing y consumo, el comprador de 2026 es más selectivo, híbrido y digital. Investiga antes de comprar, exige transparencia y espera que las marcas tengan capacidad de adaptarse a nuevas conversaciones culturales sin perder autenticidad.
Por eso las grandes marcas ya no hablan únicamente de alimento. Hablan de bienestar, identidad, comunidad y experiencia.
Ahí aparece otro factor decisivo: el branding emocional.
Cadbury continúa construyendo valor alrededor de campañas familiares y memoria colectiva más que desde la innovación disruptiva. Twinings convirtió el té en una experiencia vinculada al bienestar y al estilo de vida premium. Incluso marcas tradicionales comenzaron a utilizar eventos deportivos, cultura pop y ediciones limitadas como herramientas para seguir siendo relevantes frente a generaciones más jóvenes.
En paralelo, los grandes grupos alimentarios atraviesan procesos de reestructuración para sobrevivir a un consumidor más sensible al precio y menos fiel a las marcas tradicionales.
Empresas globales como Kraft Heinz avanzan en divisiones internas, cambios de liderazgo y reorganizaciones para recuperar competitividad frente al crecimiento de nuevas marcas, private label y categorías saludables.
La conclusión empieza a repetirse en toda la industria alimentaria global: las marcas históricas no sobreviven porque sean antiguas.
Sobreviven porque entendieron que la tradición, sola, ya no alcanza.
Hoy, la verdadera ventaja competitiva está en lograr algo mucho más difícil: cambiar sin dejar de ser reconocibles.
Fuente: Merca2.0
Ahora puedes leer las #noticias más importantes en los canales de #Whatsapp de #eDairyNews!!
🇦🇷 eDairy News ESPAÑOL: https://whatsapp.com/channel/0029VaPqM3eAu3aInae2Qt0V






