En los últimos años, la idea de que los productos lácteos “inflaman” el organismo se volvió una de las creencias más difundidas en redes sociales y en el mundo de la nutrición. Sin embargo, la evidencia científica disponible no respalda esa afirmación.
Especialistas en nutrición recuerdan que existe una diferencia importante entre la inflamación sistémica —un proceso biológico relacionado con enfermedades crónicas— y síntomas digestivos como distensión abdominal, gases o sensación de pesadez, que muchas personas experimentan después de consumir ciertos alimentos.
Qué dice la evidencia científica
Una revisión sistemática publicada en la revista Advances in Nutrition, que analizó ensayos clínicos aleatorizados realizados en adultos sanos y personas con sobrepeso, obesidad, síndrome metabólico y diabetes tipo 2, concluyó que el consumo de leche y productos lácteos no tiene un efecto proinflamatorio.
Los investigadores evaluaron marcadores biológicos de inflamación, como la proteína C reactiva y diferentes interleucinas. En la mayoría de los estudios no encontraron aumentos significativos y, en algunos casos, observaron incluso respuestas compatibles con una mejora del estado inflamatorio.
No es lo mismo inflamación que intolerancia
Los especialistas explican que muchas personas atribuyen a la inflamación síntomas que, en realidad, suelen deberse a una intolerancia a la lactosa.
Cuando el organismo produce poca lactasa, la enzima encargada de digerir la lactosa, pueden aparecer gases, distensión abdominal o malestar digestivo. Aunque estos síntomas resultan incómodos, no significan que exista inflamación sistémica.
También recuerdan que no todos los productos lácteos contienen la misma cantidad de lactosa. El yogur, el kéfir y muchos quesos madurados presentan niveles considerablemente menores gracias al proceso de fermentación, por lo que suelen ser mejor tolerados.
El patrón alimentario es el verdadero protagonista
Los expertos coinciden en que la inflamación crónica depende de múltiples factores, entre ellos el exceso de peso, el sedentarismo, el tabaquismo, el estrés, la falta de sueño y la calidad global de la alimentación.
Por ello, recomiendan no demonizar alimentos individuales y centrarse en patrones alimentarios equilibrados que incluyan frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y productos lácteos de buena calidad nutricional.
Más que eliminar alimentos por mitos difundidos en redes sociales, la evidencia actual sugiere que una alimentación variada y equilibrada continúa siendo la mejor estrategia para proteger la salud.
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