ESPMEXENGBRAIND

16 Ago 2026
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Durante décadas, la leche marcó el ritmo de Sauce Montrull, en Entre Ríos. Pequeños establecimientos familiares, carros que llevaban la producción a Paraná y el nacimiento de Cotapa formaron parte de una actividad de la que hoy queda un solo productor en la localidad.
De una cuenca lechera a un solo productor la historia de Sauce Montrull

Hubo un tiempo en que hablar de Sauce Montrull era hablar de leche. Ubicada a pocos kilómetros de Paraná, esta localidad entrerriana formó parte de una región donde la producción lechera no era solamente una actividad económica: organizaba la vida cotidiana de las familias.

En los años 60, la franja central de Entre Ríos integraba, junto con Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, uno de los principales territorios productores del país. En Sauce Montrull, prácticamente todos los campos estaban vinculados a la actividad.

Aquella producción tenía poco que ver con la que conocemos actualmente. Los ordeños se realizaban al aire libre, las instalaciones eran precarias y las vacas pertenecían muchas veces al rodeo general.

Las mujeres tenían un papel central: eran quienes mayoritariamente asumían la rutina diaria del ordeño, mientras los hombres se ocupaban del cuidado de los animales, la labranza, la siembra de alfalfa y la preparación de reservas para atravesar los períodos de sequía y los inviernos.

Cuando 500 litros diarios eran una gran producción

Las dimensiones también eran completamente diferentes.

El veterinario Edgardo Churruarín Montrull, criado en un campo de Sauce Montrull y dedicado durante más de medio siglo a su profesión, recuerda que cuando se hablaba de un establecimiento grande se hacía referencia a producciones de alrededor de 500 litros diarios.

Muchas familias, en cambio, vivían produciendo apenas 40 o 50 litros por día.

La leche debía llegar hasta Paraná y esa necesidad dio origen a otro protagonista de la historia lechera regional: el fletero.

Primero fueron carros de dos o cuatro ruedas y posteriormente llegaron los camiones. Los corrales de Almafuerte y Zanni funcionaban como lugares de encuentro y descanso para quienes recorrían los caminos trasladando la producción hacia la ciudad.

Cotapa y el salto hacia la modernización

Con el paso de los años comenzó una transformación profunda.

Llegaron las praderas permanentes, el silaje, el alambrado eléctrico y la inseminación artificial. En 1963, el Decreto Ley 6640 impulsó mejoras en la calidad higiénico-sanitaria y, dos años después, nació la Cooperativa Tambera Paraná (Cotapa).

La cooperativa se convirtió en un actor fundamental para los pequeños productores.

Omar José Paulini, nacido y criado en Sauce Montrull, recuerda que a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta empezó a instalarse una palabra que entonces resultaba novedosa: cooperativismo.

La creación de Cotapa significó, según su testimonio, un fuerte impulso para la lechería y especialmente para los establecimientos de menor escala.

La tecnificación continuó. Los establecimientos familiares fueron incorporando nuevas herramientas, capacitación del INTA y tecnologías de frío, mientras la producción comenzaba a adquirir características empresariales.

El primer centro de inseminación de Entre Ríos

Uno de los avances que marcaron aquella transformación fue el centro de inseminación de La Picada, señalado por Churruarín como el primero de la provincia de Entre Ríos.

En una primera etapa se trabajó con semen fresco y posteriormente se incorporó la congelación con nitrógeno líquido. Incluso existía un vehículo específicamente destinado al servicio de inseminación, una innovación significativa para la época.

Pero mientras la tecnología avanzaba, también comenzaron a modificarse las condiciones económicas y productivas de la región.

La agricultura fue desplazando a la leche

El cambio de siglo aceleró otra transformación: el avance de la agricultura y especialmente de la soja.

Los mayores precios y una actividad que demandaba menos trabajo contribuyeron al desplazamiento progresivo de la producción lechera.

El cambio no fue solamente productivo. También modificó la estructura social del territorio.

“Hoy en Sauce Montrull hay un solo tambo, antes había un grupo de familias viviendo en este entorno agropecuario”, resume Churruarín.

Según describe, actualmente existen dos poblaciones separadas por campos destinados principalmente a soja o trigo y prácticamente desapareció aquella población rural vinculada directamente con la producción de leche.

El último que sigue ordeñando

Ese último establecimiento es el de Raúl Lell.

Su padre comenzó con la actividad en 1959, cuando la familia llegó a la zona. Entonces, recuerda, prácticamente cada casa de los alrededores tenía vacas y producía leche.

El paisaje cambió radicalmente.

“Hasta los años 80 esto era todo tambo, todo animales. Hoy no quedó nada. La agricultura fue cubriendo el espacio y terminó con lo que era el tambo”, relata Lell.

También cambiaron los destinos industriales. La leche producida por la familia pasó primero por Cotapa, posteriormente por Sauque, en el parque industrial, y luego por LW, en Espinillo. Cada problema o caída de una industria obligaba a buscar un nuevo comprador.

A las dificultades comerciales se sumaron los caminos, el barro, las lluvias y períodos prolongados de bajos precios.

Para Lell, la escala terminó convirtiéndose en una cuestión decisiva: cuando el volumen producido no alcanza determinado nivel, los números dejan de cerrar.

“Hasta que me den las piernas”

Hoy continúa produciendo.

Sus hijos siguieron otros caminos: su hija y su pareja permanecieron vinculados a otro establecimiento lechero, mientras que su hijo eligió otra actividad.

Raúl, en cambio, permanece junto a sus vacas.

“Hasta que me den las piernas”, responde cuando habla de cuánto tiempo piensa continuar.

Su historia sintetiza una transformación mucho mayor.

Sauce Montrull pasó de ser un territorio donde decenas de pequeñas explotaciones sostenían familias, transportistas, comercios y una cooperativa a una localidad donde aquella trama productiva prácticamente desapareció.

Hoy ya no es una cuenca lechera. Solo queda en pie el establecimiento de Raúl Lell, rodeado por un paisaje donde avanzaron la agricultura y el crecimiento urbano.

Pero detrás de ese último productor permanece la memoria de una época en la que, desde antes del amanecer, la leche marcaba el pulso de la vida de Sauce Montrull.

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